REFLEXIÓN  131

PERO DIOS, QUE ES RICO EN MISERICORDIA POR SU GRAN AMOR CON QUE NOS AMÓ, AUN ESTANDO NOSOTROS MUERTOS EN NUESTROS PECADOS, NOS DIO VIDA JUNTAMENTE CON CRISTO. (EFESIOS 2: 4 Y 5).

Hipólito vivía en una gran ciudad, había llegado del campo junto con su familia desplazados por la violencia, se enfrentó a ese mundo desconocido para él donde se encontró como un niño en sus primeros años de vida que debe aprender a comunicarse, caminar y darse a entender para ser ayudado. El único oficio que conocía era cultivar la tierra y aquí no le servía de nada. Desorientado totalmente comprendió que por sus conocimientos no llegaría a ninguna parte, que necesitaba ayuda, orientación de alguien que se moviera en ese monstruo de cemento, que le enseñara a defenderse de la barrera que da la incapacidad o impotencia ante un ambiente desconocido. Se acercó a un hombre mayor buscando el apoyo necesario para conseguir una actividad que le permitiera alimentar a su familia. Aquel hombre se movió en misericordia cuando oyó el triste relato del campesino frente a él y sin recibir nada a cambio lo introdujo en el trabajo que podía ejecutar el azorado labrador”

En igual estado estábamos nosotros porque habíamos levantado una muralla de pecado que nos separaba de Dios,  Cristo con su inmenso amor la rompió, y, a través de Él,  llegamos al Padre. Todo lo que somos en el presente es el resultado de un contraste entre la incapacidad del hombre y lo que conocemos hasta ahora, la suficiencia de Dios. Estando el hombre muerto es incapaz de llegar hasta Dios por sus propios medios pero Dios si puede salvar la barrera levantada por el pecado y actúa favoreciendo el hombre.

Hermanos, conozcamos a Dios a través de su palabra y amémoslo por lo que Él es y no seamos como el hombre de mundo que ama interesadamente. El Señor nos dio la vida eterna por su inmenso amor, recíprocamente debemos amarlo al entender que potencialmente estamos en el cielo juntamente con Cristo. Cuando amamos a nuestros semejantes estamos demostrando el amor a Dios. Cristo nos manda amar aún a nuestros enemigos y debemos obedecerlo porque la obediencia a Dios es una actitud moral y debe nacer de nuestra voluntad.