REFLEXION  123

EL QUE GUARDA SU BOCA GUARDA SU ALMA; MAS EL QUE MUCHO ABRE SUS LABIOS TENDRÁ CALAMIDAD. (PROVERBIOS 13:3).

 

El sofocante calor de la tarde obligó a dos compañeras de labores a visitar la heladería central de su pequeño pueblo. Una vez ubicadas en la mesa de su predilección, conversaba Olimpia alegremente con su amiga Lucinda sobre los sucesos del barrio donde vivían. Como buenas amigas se contaban algunas intimidades, también hablaban de otras amigas o vecinas y, aún de familiares que vivían en el entorno y tenían novios conocidos por ambas. Contando y contando, narraban historias no confirmadas, solo por el hecho que personas comunicativas tuvieran sospecha de romances a escondidas y lo manifestaban, ellas lo daban por hecho y lo criticaban. En la mesa contigua del establecimiento mencionado se encontraba un familiar de la amiga que tenían en conversación diciendo cosas no reales de ella sin tener en cuenta el daño que hacían al afectar el testimonio de esa persona. El cuento llegó a los oídos de la agraviada causando tristeza, rabia, impotencia y otros sentimientos no sanos provocados por aquella infamia. Intervinieron familiares de ambas partes, hubo insultos, ofensas y rechazo total de las personas habladoras. El problema se agravó hasta llegar a estancias judiciales donde conciliaron la penalización. Las cosas no volvieron a ser iguales, se perdió la amistad y se rompió la confianza por la ligereza de comentar acontecimientos falsos sin aseverar lo que oyeron.

Esta historia ha sucedido en muchas partes, especialmente en los lugares donde dicen: “Pueblo pequeño infierno grande” por no cuidar la lengua. Cuando vayamos a decir cualquier cosa de alguien, asegurémonos de decir lo real y comprobado.

Hermanos, las palabras pueden servir para bendecir o para maldecir,  algunas palabras salidas de nuestra boca pueden ser usadas para el bien o para  mal, de esta forma podemos afectar nuestra vida o la de otros por eso el Señor nos manda a que refrenemos nuestra lengua porque la vida y la muerte están en nuestra lengua. Hablemos la palabra de Dios y así seremos mejor personas y estaremos más gozosos. Atendamos lo que decimos para no ofender por mala interpretación de nuestras palabras.